La madre de mi amiga
Mi vida social se reduce al saludo mañanero en la parada del Bus, 3 o 4 risas en el curre y punto, así que el echo de salir a comer a casa de mi amiga es una novedad de tal calado familiar que aun nos estamos recuperando del shock.
Lo mejor de estas comilonas (aparte de la charla con amigos adultos), es la vuelta a la infancia, a aquellas comidas de 5 platos con tropecientos niños jugando juntos sin fastidiar a los mayores.
Como podéis imaginar la comilona la organiza la madre de mi amiga, una encantadora señora de esas que ya no quedan, de esas que disfrutan con la casa llena de gente y que son capaces de cocinar de 9:00 a 13:00 sin descanso, para poder llenar la mesa de olores imposibles, de esos olores que no encontramos desde hace muchos años, esos olores capaces de hacer que nuestros estómagos acostumbrados al plato de ensalada, engulla sin recato los 5 platos seguidos, llenos y hechos con tanto amor que nunca sientan mal, como mucho, te entra un sopor de siesta que ya tenias olvidado.
Soy de la generación en la que la mujer se incorporo al famoso mercado laboral, eso quiere decir, trabajar fuera y dentro de casa. En mi caso, el trabajo “dentro” es una tortura, planificar comida semanal y hacerla, supone un trauma existencial. Si a eso unimos la necesidad de cuidarse y mantenerse sanos, he conseguido hacerme una experta en ensaladas, pero un desastre como cocinera.
Cada día comemos más light, más sano, nuestras casa pueden oler a filete a la plancha pero no a comida. Por eso deseo darle las gracias a la madre de mi amiga por recordarme que existen esos olores y sabores a hogar que creía olvidados.






